Abjazia elige un nuevo presidente

2 de septiembre de 2011 Serguéi Markedónov
Alexánder Ankvab ganador de la carrera presidencial en Abjazia. Foto de Itar-Tass
Alexánder Ankvab ganador de la carrera presidencial en Abjazia. Foto de Itar-Tass

El 26 de agosto de 2011 se celebraron en Abjazia unas elecciones presidenciales especiales. La convocatoria estuvo cargada de simbolismo. En primer lugar, se celebraron con una anticipación de tres años y medio, debido a la muerte del presidente Serguéi Bagapsh. No es difícil imaginar entonces, los quebraderos de cabeza que han planteado a la élite política abjaza, que apenas tuvo dos meses para llevar a cabo la campaña, teniendo en cuenta además, que en la república no existían líderes comparables al difunto presidente. En segundo lugar, las elecciones del nuevo líder abjazo se celebraron el día del aniversario del reconocimiento de la independencia de la república por parte de Rusia. Hace ahora tres años, el 26 de agosto de 2008, inauguró el proceso de legitimización internacional de la soberanía abjaza. Hoy en día nadie puede decir con total seguridad cuánto tardará la comunidad internacional en reconocer a este país caucásico. No sería de extrañar que este proceso llevara años e incluso décadas. Independientemente de lo que ocurra, fue Rusia la que inició este proceso tras el fin de la “guerra de los cinco días” con Georgia.

La coincidencia de la fecha de la votación con el aniversario del reconocimiento de la independencia confería un significado especial al evento. En cualquier país, unas elecciones extraordinarias siempre constituyen un acontecimiento de suma importancia. Pero es que en el caso de Abjazia, cualquier campaña electoral se convierte en una competición encubierta con Georgia. Lo cierto es que si las elecciones del sucesor de Serguéi Bagapsh fuesen acompañadas de conflictos o de algún tipo de roce entre diferentes fuerzas sociales, aquello daría pie a que Tbilisi y sus defensores en Estados Unidos y Europa se pusieran a hablar del fracaso del proyecto abjazo. En esta situación, Georgia obtendría otro argumento para fundamentar sus derechos respecto a este territorio. En cambio, las elecciones no concedieron a los adversarios de Abjazia ninguna oportunidad para fomentar su inquina. La campaña empezó con la firma de la “Carta para las Elecciones Honradas” y todos los candidatos contaron con el mismo número de horas en televisión. Los periodistas podían plantear preguntas ante quien quisieran. Aquí podríamos recordar una interesante polémica entre la redactora jefe del periódico “Núzhnaya Gazeta”, Izida Chaniya con Alexánder Ankvab, candidato y ganador de la carrera presidencial. Hasta el último día de la maratón electoral era prácticamente imposible predecir quién ganaría. Es cierto que no se pudieron evitar escándalos o intentos de calumniar a los candidatos. Fue muy polémico un artículo sobre las presuntas relaciones de Ankvab con los servicios secretos georgianos. Pero, ¿es que este tipo de cosas no ocurren hoy en día en las democracias más establecidas? Además, el ataque informativo sobre el tema georgiano apenas tuvo impacto en la polémica electoral. Incluso los sospechosos de haberlo organizado intentaron desvincularse. También cabe destacar el resultado de las elecciones. Es cierto que el ganador de la campaña, Alexánder Ankvab, era el máximo favorito tras haber obtenido el 54% de los votos en la primera vuelta. Aunque la suma de votos de sus dos oponentes, Serguéi Shamba y Raúl Jadzhimba, constituía casi el 40%. Por lo tanto, el ganador de las elecciones tendrá que tener muy en cuenta la posición de todos los ciudadanos.

En estas elecciones no se ha hecho más que elegir al nuevo líder de la república. Por sí solas no pueden resolver ninguno de los enrevesados problemas que se plantean hoy en día ante la sociedad y las autoridades abjazas. Los comicios no garantizan el éxito de la lucha contra la delincuencia, algo sin lo cual resulta imposible el desarrollo de Abjazia como región turística. Difícilmente van a abrir las puertas de la ONU o a atraer inversiones generosas. Sin embargo, estas elecciones son sumamente importantes como paso hacia la madurez política. Demostraron que incluso sin Bagapsh, por muy importante que este haya sido para la república, Abjazia es capaz de llevar a cabo un procedimiento democrático y de seguir luchando por el reconocimiento de su soberanía.

Las elecciones también han sido una prueba para las relaciones entre Rusia y Abjazia. Tras el reconocimiento de la soberanía de esta antigua región autónoma de Georgia, sus relaciones socioeconómicas y geopolíticas con Rusia se intensificaron. Aumentó el volumen de la ayuda financiera, los pacificadores fueron sustituidos por militares y guardias de fronteras. Todo eso ayudó a resolver antiguos problemas. Hoy en día en Tbilisi, incluso los nacionalistas más radicales, no proponen recuperar Abjazia por medios militares. Al contrario, se oyen voces que proponen involucrar a la república en proyectos comunes, estableciendo un diálogo, si no con las autoridades, al menos con la sociedad. En este sentido, es interesante señalar como las autoridades georgianas, que durante muchos años rechazaron incluso la idea de un pasaporte neutro para los habitantes de Abjazia, ahora defiendan activamente la separación. Además, han surgido perspectivas de inversores importantes. No es una casualidad que últimamente hayan aparecido por allí gigantes del mundo empresarial ruso de la talla de Rosneft. Teniendo en cuenta los Juegos Olímpicos de 2014 en la vecina ciudad de Sochi, Abjazia brinda prometedoras oportunidades de negocio. Aunque por otra parte, existe el peligro de que un exceso de recursos financieros y geopolíticos rusos devalúe la independencia, debido al control que pueden ejercer sobre los sectores estratégicos de la economía. Todo ello creaba ciertos temores respecto a la posible intromisión del Kremlin en la lucha electoral. Sobre todo porque Abjazia recuerda los torpes intentos de Moscú de apoyar “al candidato adecuado” durante la maratón electoral de 2004.

Sin embargo, en 2011 las autoridades rusas no volvieron a repetir los errores del pasado. Entre otras cosas, gracias al comportamiento de los tres candidatos a la presidencia. Ninguno de ellos hizo alarde de su amistad con Vladímir Putin o Dmitri Medvédev, ni intentó utilizar las relaciones que cada uno tenía con Moscú como arma para luchar en contra de sus oponentes. Finalmente, Rusia quedó como un observador objetivo, dispuesto a colaborar con el líder que obtuviera el apoyo de los electores. Esta estrategia de comportamiento era la única adecuada, porque a pesar de todas las diferencias internas, tanto Ankvab como Shamba y Jadzhimba se posicionaban como partidarios de un acuerdo geopolítico con Rusia. Posiblemente el programa de Jadzhimba fuese el más crítico, pero no tanto hacia Moscú como hacia la élite abjaza, por la falta de visión propia en una estrategia de desarrollo. Sin embargo, las autoridades rusas tienen que tener en cuenta que Alexánder Ankvab no es un socio dócil. Lo demostró durante los años 90 y 2000. En su momento se arriesgó incluso a desafiar al carismático líder del movimiento nacional abjazo de la época de la perestroika y primer presidente, Vladislav Ardzinba. Actualmente, el asunto de mayor importancia para el nuevo líder de la república es la lucha contra la corrupción y la delincuencia. Pero no es ningún secreto que muchos funcionarios corruptos de Abjazia tienen contactos en Sochi y en Moscú. Y si las autoridades rusas ayudan al nuevo presidente a llevar a cabo esta iniciativa, ello fortalecerá no sólo sus posiciones dentro de Abjazia, sino también sus intereses en todo la zona del Cáucaso.

En cualquier caso, las elecciones de 2011 no se reducen a las relaciones entre Sujumi y Moscú. También provocan la reacción de otros jugadores interesados. Por ejemplo, la portavoz del Departamento de Estado de EE UU, Victoria Nuland, declaró que Washington no reconocía las elecciones abjazas. Por su parte, Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, subrayó que la celebración de las elecciones “no ayuda a resolver la situación en Georgia de una manera pacífica y a largo plazo”. Entonces, la pregunta que surge es, ¿qué es lo que ayudaría a esta solución? ¿El caos, una lucha de todos contra todos? ¿Una intromisión militar por parte de Tbilisi? ¿Es que un procedimiento democrático es peor que la conversión de una soberanía, aunque sólo parcialmente reconocida, en una “federación de guerrilleros”? Una valoración más ponderada y correcta fue emitida por la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, según la cual Europa no reconocía “el marco jurídico” de las elecciones abjazas. Por lo tanto, la campaña electoral ha vuelto a demostrar que la república vive en dos dimensiones geopolíticas paralelas. Por una parte, constituye un “territorio invadido” y una parte de Georgia. Por otra, es un estado soberano de pleno derecho, cuyo presidente recientemente elegido recibe felicitaciones desde Moscú, así como desde las capitales de los otros cuatro países que reconocen su independencia.

Es posible que el “marco jurídico” de las elecciones en la república provoque muchas protestas. Se puede hablar, por ejemplo, de la discriminación sufrida a la hora de poder ser candidato a la presidencia. Según el artículo 49º de la Constitución, sólo puede ser candidato un abjazo étnico y no cualquier ciudadano. Tampoco está del todo claro el estatus de la población georgiana de la región de Galski, ya que muchos de sus habitantes no tienen nacionalidad abjaza y encuentran muchas dificultades para integrarse en la vida social y económica del país. Pero sea como fuere, desde hace veinte años, es decir, a partir de la finalización del conflicto armado entre Georgia y Abjazia, esta última vive fuera de Georgia. Fuera de su espacio jurídico, político, social, informativo, educativo y, finalmente, lingüístico. No sólo vive, sino que elige a sus presidentes, a su parlamento y a sus autoridades locales. Probablemente sea un hecho a tener en cuenta para todos los que lleven a cabo acciones estratégicas en el región del Cáucaso y en el espacio postsoviético en general. Independientemente de si a uno le gusta o no, existe un país llamado Abjazia, y es imposible ignorarlo.

Serguéi Markedónov, investigador invitado en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington

La opinión del autor no coincide necesariamente con la de RBTH.
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