Si hay algo de lo que no carece la literatura rusa es de personajes dementes. Se puede afirmar que el país del vodka y la nieve cuenta con una tradición de locos librescos que nada tienen que envidiar a nuestro Don Quijote. Baste con citar tres ejemplos: Diario de un loco de Gógol, El pabellón nº 6 de Chéjov o El doble de Dostoievski. A este fecundo legado de perturbados made in Russia Vsévolod Garshin (1877-1878) aporta su granito de arena con La flor roja. En este relato, el autor narra el internamiento en un hospital psiquiátrico de un enajenado cuya obsesión son las tres amapolas que crecen en el jardín. Según su visión paranoica, en esas flores rojas «se concentra todo el mal del mundo» y su deber consiste en arrancarlas de cuajo para su destrucción. Este sencillo argumento sirve para que Garshin pueda desplegar todo su buen hacer narrativo en un alarde de concisa prosa realista que, con afán crítico, nos adentra en los vericuetos de un psicologismo con tintes fantásticos.

Ilustración de Sara Morante

Para hablar de esta pequeña maravilla literaria, mantuve una conversación con las personas responsables de su reciente aparición en español. La editora de Nevsky Prospects, Marian Womack, la traductora Patricia Gonzalo de Jesús y la ilustradora Sara Morante. Para Gonzalo de Jesús, la principal dificultad a la hora de traducir el relato decimonónico fue recrear el tono del original, obsesivo e hipnótico; reproducir la lógica interna del pensamiento del protagonista. Dice la traductora que su oficio se asemeja al de un médium, en el sentido de que consiste en atrapar voces para plasmarlas en el papel y, en este trabajo en particular, a la hora de crear un discurso coherente, le fueron de mucha utilidad las imágenes, pues los retratos del autor disponibles le resultaron muy inspiradores.

Uno de los aspectos que sorprende al leer La flor roja es lo moderno que suena aún hoy. Les pregunto a la editora y a la traductora en qué creen que radica su modernidad. En opinión de la primera, es probable que se deba a los procesos mentales y psicológicos de su protagonista y de la habilidad de Garshin para retratarlos. Pero hay mucho más: la forma en la que nos es posible acercarnos a la historia como si fuera una alegoría, tanto sobre Rusia como sobre el estado del alma humana bajo la tiranía en general. Por su parte, la traductora no duda en afirmar que la obra de Garshin es una de las bisagras imprescindibles de la historia de la literatura rusa en lo referente a la renovación del cuento: no en vano Turguéniev celebró sus escritos como unos de los más prometedores de su época. Toma el relevo de Pushkin, Gógol y Dostoievski para revitalizar el género y crear así suelo fértil para los maestros del relato que vendrían después. Vsévolod Garshin –sigue diciendo Gonzalo de Jesús- tiene un talento especial para crear atmósferas de gran intensidad que van in crescendo a lo largo del relato y que, en ocasiones, recuerdan a otros renovadores del cuento como E. A. Poe o G. de Maupassant. Aparte de cuestiones técnicas referentes al género, la universalidad de Garshin probablemente radique en su mundo literario, que apela de forma directa a la emotividad del lector. En concreto, trata dos temas esenciales en la historia de la literatura rusa: por un lado, la psique humana como espacio literario en el que los autores sumergen al lector, enredándolo en una corriente de pensamiento; por otro, el tema de la locura o de los estados mentales alterados cercanos a ella, que ya aparece en El jinete de bronce, Diario de un loco o muchos de los personajes de Dostoievski y que reaparece, con otros matices, en El pabellón de nº 6 y El monje negro de Chéjov, o en la obra de Leskov y Andréiev.

Aludo a la peripecia vital de Garshin y a su funesto desenlace: acabó por suicidarse en un arrebato de locura. Les formulo a la editora y a la traductora la cuestión de hasta qué punto podemos considerar al protagonista como álter ego del malogrado autor ruso. Womack responde que prefiere leer la historia como una obra de arte coherente en sí misma, como se observa en la claridad de su estructura narrativa, casi como un cuento de hadas, pero le parece evidente que los paralelismos biográficos existen, aunque tal vez deberían dejarse de lado para la lectura. Gonzalo de Jesús considera que, en efecto, Garshin parecía predestinado a su trágico final: su padre se suicidó siendo aún muy joven, y él mismo quedó muy afectado por su participación en la guerra ruso-turca (que plasma en el relato Cuatro días). Pero –continúa comentando la traductora- es difícil saber si el autor jugó a crear un álter ego y si, por tanto, el relato tiene tintes casi premonitorios. Lo que resulta innegable es que parte de su experiencia personal en instituciones para enfermos mentales, dada la multitud de detalles y la precisión con que describe rutinas diarias, procedimientos médicos, tratamientos, síntomas, etc. La maestría de Garshin se encuentra, cree Gonzalo de Jesús, en la sobriedad con que lo hace, evitando caer en la sordidez innecesaria y es precisamente esta crudeza la que hace del relato un artefacto literario tan potente.

Ilustración de Sara Morante

También me interesa saber si piensan que el relato se puede leer en clave crítica, si el tener demasiada conciencia de los males de este mundo puede conducir a un individuo a la locura. ¿Es el protagonista de La flor roja un idealista que muere por la idea de restaurar la justicia en el mundo? Según Gonzalo de Jesús, es evidente que sí, pues la obra constituye un ataque nada velado a la inhumanidad del sistema zarista y, en general, de cualquier sistema totalitario. De ahí, comenta la traductora, la mención, en los delirios del protagonista, a Pedro el Grande, a sus visiones de los miles de soldados muertos en la última guerra, etc. Por su parte, Womack destaca otro aspecto del relato: en una época en la que el realismo en la literatura rusa significaba una atención muy concreta a ciertos detalles cotidianos de la vida, Garshin es uno de los primeros escritores que se aleja de esa concentración esclava en los hechos absolutos. La editora resalta que lo aprecia como un autor que, a pesar de escribir de forma realista en otros de sus relatos, se aproximó al género fantástico.

El relato de Garshin es el segundo libro de la colección Perspectivas de la editorial Nevsky Prospects, que desde 2009 se dedica a recuperar y a brindar al lector español títulos de la literatura rusa. En esta nueva colección, uno de sus principales objetivos es proporcionar un espacio en el cual varias y diferentes ideas sobre Rusia puedan ser compartidas. En el caso concreto de La flor roja, han contado con la colaboración de Sara Morante, cuyas ilustraciones, según ella, tienen como fin aportar una segunda lectura: se trata de una narración visual que, más que un adorno, se debe contemplar como una segunda voz. Texto y dibujos se unen para formar una historia enriquecida, un diálogo entre dos autores, añade Morante.

Enlaces relacionados:

- nevsky.es

- www.saramorante.com

- Blog de Patricia Gonzalo de Jesús: http://veyabrelapuerta.tumblr.com/