¿Por qué digo que no hay nada parecido? Porque el colegio Maxim Gorki es una institución privada y no pertenece a ningún gobierno. Los niños estudian allí durante doce años, comenzando en la escuela infantil. Prácticamente todas las asignaturas se imparten en ruso: matemáticas, química, física, biología, historia del Perú y de Rusia, historia universal y otras, incluida la música y el ajedrez. Naturalmente, también se estudian lengua y literatura rusas.

Esta institución educativa fue fundada en 1985 por un matrimonio, el peruano Juan Ríos y la rusa Maya Romenets. Hoy en día Juan Ríos es catedrático de la Universidad de Ingeniería del Perú, mientras que Maya Romenets dirige la Asociación de Compatriotas “Contigo, Rusia” y es la redactora jefe del periódico “Nadezhda” (La Esperanza) editado en ruso. Pero hace muchos años Juan era un joven investigador procedente de Lima que fue a terminar sus estudios de doctorado a Kíev, mientras que Maya, después de haber obtenido el título de licenciada y haberse doctorado en filología en la Universidad de Kíev, trabajaba en uno de los ministerios locales. Allí se conocieron, se enamoraron y contrajeron matrimonio. En 1972, la pareja de recién casados se instaló en Lima. En 1985, su hija Masha, o María, tenía que ir al colegio. Sin embargo, en los colegios locales sólo se admitían católicos practicantes. Pero la pequeña María era atea, igual que sus padres y se negó drásticamente a ser bautizada.

Juan y Maya encontraron una solución inusual. Compraron un pequeño terreno en uno de los barrios más pobres de la ciudad y comenzaron a construir su propio colegio. Le pusieron el nombre de Maxim Gorki, debido a que el escritor había nacido en la misma ciudad que Maya Romenets. Además de su hija, el colegio era frecuentado por los hijos de sus amigos y conocidos, otros peruanos que simpatizaban con la Unión Soviética, que habían estudiado o se habían casado allí.

Pasaron once años. María terminó el colegio y entró en la universidad, pero Juan y Maya no cerraron el centro. Consiguieron una licencia y siguieron enseñando a niños y niñas, contrataron a otros profesores, incluidos varios rusos. En la actualidad más de 50 antiguos alumnos del colegio situado en la calle Jorge Castro Harrison estudian y trabajan en Rusia, y en el colegio hay 170 niños y niñas de todas las edades, desde preescolar hasta la adolescencia.

El número de alumnos por clase no supera los quince. No sólo estudian la lengua y la cultura de la lejana Rusia, sino que organizan obras de teatro en ruso, preparan exposiciones de arte con las reproducciones de las obras maestras de la Galería Tretiakov y el Museo Ruso recortadas de revistas, pintan cuadros y moldean esculturas inspiradas en los libros rusos que les regalan nuestros marineros al pasar por los puertos peruanos. También construyen maquetas del Kremlin, incluidas las veinte torres alrededor de la muralla: la torre del Salvador y del Senado, la del Arsenal, la del Agua, la del Secreto y la de Kutafya, incluso maquetas de la Catedral de Cristo Salvador. También participan en concursos internacionales de conocimientos de lengua rusa organizados por Moscú e incluso han ganado más de una vez.

Pero hay que admitir que los directores del colegio Maxim Gorki, Juan Ríos y Maya Romenets, no tenían tanto dinero como para pagar a los docentes y cubrir los gastos de comunidad. Las cuotas que pagaban los padres de los alumnos daban para muy poco. Incluso no había medios para estucar los ladrillos de las paredes de las clases. Por extraño que parezca, la ayuda llegó durante el 2008, año de la crisis financiera internacional.

Este año llegó a Perú una gran delegación rusa encabezada por el presidente Dmitri Medvédev. El ministro de Asuntos Exteriores ruso Serguéi Lavrov visitó la calle Jorge Castro Harrison, invitado por la administración del colegio. Habló con los tutores, los profesores, los alumnos y prometió ayudarles. Cumplió su palabra y encontró a patrocinador: la corporación estatal llamada Rosoboronéxport, el intermediario principal en la venta de armamento ruso. De esta manera, se unieron inesperadamente el alto nivel de educación y la alta tecnología militar. Según mis datos, los especialistas de Rosoboronéxport han aportado al colegio 50.000 dólares además de otros 250.000 de parte de sus socios.

Se arreglaron las paredes, se terminó la construcción de la cuarta planta y se creó una sala de ordenadores con equipos donados por la Embajada de Rusia en Perú (ahora esta sala lleva el nombre del embajador ruso Mijaíl Troianski). Asimismo, la campeona del mundo de patinaje y diputada de la Duma Estatal, Svetlana Zhurova, regaló a los alumnos dos mesas de ping-pong durante su estancia en Lima. En el barrio de San Miguel incluso ha aparecido una sala de baile con parqué de nogal.

Olga Andréievna Moriak, profesora de lengua y literatura rusas en el colegio Maxim Gorki, y casada con un peruano, me ha comentado que aunque hay pocas personas en Rusia que tienen conocimiento de la existencia de este centro, de vez en cuando es visitado por delegaciones oficiales, y alguno de los escasos turistas rusos que viajan para admirar los Andes y la belleza exótica de Machu Picchu, incluso se acercan marineros y tripulantes de la flota comercial de barcos atracados en los puertos peruanos. Traen consigo saludos y libros que se han llevado para leer en el viaje y, en general, con un mensaje de fraternidad hacia sus compatriotas.

El ayuntamiento también mantiene buenas relaciones con el colegio, aunque no pueda aportar un gran apoyo financiero. No importa qué partido político gobierne en la capital de Perú, para ellos este colegio es uno de los centros prioritarios, porque la amistad y la cooperación con Rusia es algo muy importante para este lejano país de los Andes.

Víktor Litovkin, redactor jefe de “Nezavísimoye voyénnoye obozréniye” (Observador militar independiente)