Para horror de los norteamericanos se determinó que la explosión había sido obra de un veterano de 27 años de la guerra en el Golfo Pérsico, Timothy James McVeigh, un radical ultraderechista blanco.

La horripilante historia en Noruega recuerda los acontecimientos norteamericanos. Las versiones sobre la huella islamista, o kurda, o libia rápidamente cedieron paso a un hecho conmocionante: la sangrienta carnicería había sido desatada por un auténtico noruego, Anders Behring Breivik, quien incluso por sus facciones recuerda a los “arios ideales” de los filmes de Luchino Visconti o Bob Fosse.

La tragedia de Oklahoma aparece hoy como un siniestro epígrafe para el ulterior desarrollo de los Estados Unidos. Timothy McVeigh quiso castigar al “tiránico” gobierno de los EE.UU. porque él y otros ultraderechistas consideraban imperdonable atentar contra la libertad de los ciudadanos. Pasados quince años, en las elecciones de 2010 al Congreso, la mayor atención fue concentrada por políticos que compartían este pathos. Para el “Tea Party” recientemente aparecido en los Estados Unidos, una variopinta coalición de populistas de derecha, aislacionistas y ultraconservadores, los poderes federales son prácticamente el enemigo principal. Semejante tradición tiene sus raíces en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, la polarización de la sociedad, la radicalización de concepciones y el extrañamiento mutuo de los partidos, que de antemano están dispuestos a empeorar la situación (como lo demuestra las negociaciones para elevar el límite de la deuda estatal) con tal de no ceder posiciones, alcanzaron en estos años un nivel que asusta. El mecanismo socio-político que aseguraba la conciliación de intereses presenta fallas fatales.

La naturaleza de los acontecimientos en Europa es comparable con la norteamericana. Crece el abismo entre las elites y sus electores, quienes dejan de comprender en qué pueden confiar. Por todos lados se levantan partidos populistas de protesta. Ellos ocupan posiciones aislacionistas y proteccionistas en el más amplio sentido, recibiendo entre bayonetas el flujo de inmigrantes, la diversidad cultural y la liberalidad de los mercados. Como norma, todo esto se asocia con la integración europea, un experimento elitista de la segunda mitad del siglo pasado, en cuya realización participa el establishment de todo el Viejo Mundo (pese a que no integra la Unión Europea, Noruega está duramente vinculada con esas normas y reglas).

Breivik, un activo participante en los foros anti-musulmanes de internet, en una de sus recientes anotaciones calificó como “traidora nacional” a la ex primer ministro de Noruega Gro Harlem Brundtland por una frase suya: “cada poseedor de un pasaporte noruego es un noruego de pleno derecho”. Por eso confesó que ella fue su principal objetivo en el ataque a la isla de Utoya. El futuro terrorista exigía la plena asimilación cultural de los inmigrantes y afirmaba que los gobernantes habían perdido la capacidad de gobernar, haciendo caso de su propia “retórica hueca”.

En Escandinavia siempre existieron corrientes de ultraderecha. Existe también la tradición de violencia política (especialmente en Suecia, donde en 1986 fue asesinado el primer ministro socialdemócrata Olof Palme, declarado crítico de la invasión norteamericana a Vietnam), pero todo esto quedaba en los márgenes. Los más probable es que la locura de Anders Breivik y sus posibles cómplices (McVeigh también actuó junto con su compañero de armas) sea un acto aislado de fanáticos enajenados. Pero así como la explosión en Oklahoma se tornó en anuncio y preludio de la profundización de la crisis de la sociedad norteamericana, que no se acomodó a la atmósfera circundante y rápidamente cambiante y a las transformaciones internas, también la tragedia en Oslo puede ser un siniestro designio de cataclismos sociales en el Viejo Mundo, cuyos habitantes no alcanzan a reaccionar a los desafíos multifacéticos de la globalización.

La mejor metáfora de la crisis actual de Norteamérica y de todo el mundo es el filme de los hermanos Coen del año 2007, premiado con el Oscar, “No es país para viejos”. En el ocaso de la presidencia de George W. Bush, cuando el 80% de los norteamericanos consideraba que el país no iba hacia donde correspondía, los directores demostraron que el problema no estaba en el entonces presidente sino en las fallas de la sociedad, que aparecieron mucho antes de Bush (la acción de la película transcurre en 1980 en Texas) y nunca desaparecieron luego de él. Una violencia no motivada y totalmente impávida pero al mismo tiempo con cierta inspiración, identificada por el protagonista Javier Bardem, destruye el tejido social descubriendo las más repugnantes manifestaciones humanas. A la gente de la “vieja escuela” le resta sólo abrir los brazos ante la conmoción. El absurdo de una política internacional donde conscientemente está borrada la frontera entre la guerra y un acto de humanismo, aparece en resonancia con los destructivos procesos sociales en determinados países, creando un mundo donde no hay lugar no sólo para los viejos, sino para la gente en general.

Fiódor Lukiánov es jefe de redacción de “Rusia en la política global”. Miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa de Rusia