Algo así ocurre también en Rusia: los jóvenes solistas se marchan al extranjero porque no existe un mercado de música filarmónica que les permita vivir. Rusia carece de una infraestructura desarrollada de salas filarmónicas, no hay suficiente público, no sólo instruido musicalmente, sino también con capacidad económica que se pueda permitir pagar unas buenas entradas. Todo esto significa, tanto en Rusia como en Holanda, Inglaterra o en cualquier otro estado que decida hacer recortes en la cultura clásica, que los ciudadanos de estos países van a perder la posibilidad de entablar contacto con el arte en vivo. O, si lo decimos de una manera menos catastrofista, estas posibilidades se reducirán hasta el límite al que se reduzcan las instituciones culturales y la financiación destinada a las mismas. Y conviene recordar que la falta de contacto con el arte en directo provoca un sinnúmero de consecuencias sociopolíticas negativas para la sociedad.

Para que el arte se desarrolle es necesario que exista un entorno competitivo. Esto se hace evidente cuando alguien escucha una orquesta verdaderamente profesional, como, por ejemplo, la Orquesta Real del Concertgebouw de Ámsterdam, considerada hace tres años la mejor orquesta del mundo, según la prestigiosa revista británica Gramophone. Las orquestas rusas del teatro Maríinski, la Orquesta Nacional de Rusia y la Orquesta emérita Sinfónica de San Petersburgo ocuparon los puestos 14, 15 y 16, respectivamente. En 2013, la orquesta de Concertgebouw dirigida desde 2004 por Mariss Jansons, cumple 125 años (en 1988, con motivo de su 100 aniversario, le fue concedido el título de Orquesta Real). A modo de celebración de su próximo aniversario, dará una serie de conciertos en San Petersburgo y Moscú, donde clausurará el Año Dual Rusia-Holanda. La semana pasada esta orquesta acogió, en calidad de director invitado, al italiano Fabio Luisi, uno de los posibles candidatos a sustituir al gran músico norteamericano James Levine en su puesto de director artístico de la Metropolitan Opera de Nueva York. La interpretación de las primeras obras de Gustav Mahler, tanto por parte del director como por parte de la orquesta, fue digna de alabanza. Es posible discrepar respecto al carácter de las interpretaciones en sí, pero el insuperable nivel de virtuosismo y magia artística ejercían una influencia fascinante. El tiempo parecía perder su duración, concentrándose en un instante sin principio ni final.

Para reunir a una centena de músicos de esta categoría, que consiguen convertirse en un solo instrumento polifónico y obedece la poderosa mano del director, no sólo hay que disponer de un entorno cultural adecuado, sino también hay que llevar a cabo una tarea precisa de selección de músicos. La aparición de un virtuoso sólo es posible cuando existe la posibilidad de organizar una competición real, no ficticia. Para ello se necesita una cantidad suficiente de instituciones culturales y la presencia de un verdadero mercado de ofertas en este ámbito.

En uno de mis artículos anteriores hablaba sobre la necesidad de considerar la cultura como una de los aspectos más importantes del desarrollo socioeconómico. No me arriesgué a indicar el número de niños, adolescentes y jóvenes que aprenden a tocar el piano en la China actual. Pido perdón por mi prudencia, no quería herir sensibilidades. A pesar de todo, voy a corregirme y mencionaré esta cifra. Hoy en día en China hay 50 millones de personas aprendiendo a tocar el piano. Sólo el piano. Muchas veces son profesores rusos o procedentes de otros estados post-soviéticos los que dan clases a estos músicos jóvenes. Si hacemos una comparación en función del tamaño de la población, en Rusia tendría que haber 5 millones de personas aprendiendo a tocar el piano. Desgraciadamente, esta cifra es varias veces inferior. No me refiero a ganar concursos internacionales, sino a las necesidades interiores que ya no somos capaces de satisfacer. Vuelvo a repetir que todo esto conducirá a la degradación del entorno profesional y del público instruido.

No tiene sentido llenarse la boca con epítetos llenos de muestras de admiración si muchas veces sólo sirven dentro del país. Igual que muchos espectadores rusos, estoy muy orgulloso de nuestros mejores músicos. Pero es importante entender que la carrera detrás de los líderes tiene en el arte un dramatismo especial. No se trata de que los líderes cambien constantemente, sino de que los verdaderos artistas sean capaces de llevar a cabo una carrera continua en la que intenten superarse a sí mismos constantemente. Está claro que es más agradable vivir en una sociedad llena de mutua admiración que en una de críticos enfurecidos, pero a veces la admiración puede resultar más peligrosa que las críticas, sobre todo para el propio artista.

No sé por qué, pero me da la impresión de que nuestros amigos holandeses conseguirán evitar el error y encontrarán la forma de mantener el mismo número de instituciones culturales, porque no sólo se caracterizan por su gusto por el ahorro, sino también por su fidelidad a los ideales. La música no sólo nos da una idea de lo alto y lo bello, sino que también ayuda a purificar el alma y, a través de ella, a llevar a cabo los ideales.